Por: Mesias Guevara Amasifuen
El sustento del sistema
democrático está en el equilibrio de poderes, en la transparencia de la gestión
pública, en el gasto eficiente, en la solución de los problemas y necesidades
de la población. No menos importante es contar con un sistema electoral serio e
imparcial, así como el fortalecimiento de los partidos políticos, la
participación plena y activa de la ciudadanía en general.
El gran actor no es el Congreso
de República en sí, sino los Congresistas que lo conforman. Aquí debemos poner
todos los reflectores para diferenciar el trigo de la paja, con el objetivo de no
generalizar. Veamos cómo llegaron a ser nuestros representantes, así como su
agenda parlamentaria, el arrastre del candidato presidencial, sus gastos de campaña
y su declaración ante la ONPE y su actuación congresal. En mi condición de
Presidente de Acción Popular, tengo el deber moral, ideológico y partidario de
deslindar públicamente con el accionar de la bancada.
Hay muchos parlamentarios que
están bajo la lupa por su vida personal más que por su labor congresal, están
bajo sospecha de lavado de activos, por haber falsificado certificados de
estudios, porque les han quitado el título universitario, tráfico de
influencias o denunciados por conflictos de intereses, estos deberían estar
fuera del Congreso, sin embargo son blindados por la Comisión de ética. La luz de los reflectores también debería llegar a los empleados de los despachos congresales, así veremos la calidad de los congresistas. Qué podemos pensar de los congresistas que en sus despachos tienen gente de dudosa reputación, que han estado con requisitoria por la justicia, o que han purgado condena por actos de corrupción, que han sido denunciados por maltratar mujeres, es decir violencia familiar. Que sus empleados en lugar trabajar por el interés nacional lo hacen por el interés personal, que queman horas en las redes sociales agrediendo e insultando a los adversarios de sus ocasionales jefes.
Inspirado en él viejo adagio que
dice: “De tal palo tal astilla”, digo: “De tal Congresista tal empleado”. Si
vemos a un empleado con antecedentes penales, judiciales, policiales, hostil,
ocioso, que usa los recursos del Estado para perseguir a sus adversarios
políticos sean o sean militantes de su partido, vemos pintado en él al
Congresista de la República que lo contrató.
La interrogante es. ¿Con estos
congresistas y sus empleados, podemos tener un Congreso de la República serio?.
La respuesta fluye de manera automática, No. ¿Qué hacer? En primer lugar
impulsar vía referéndum una reforma electoral que permita consolidar una clase
política comprometida con el desarrollo del Perú. Poner topes al gasto de
campaña electoral, no se justifica gastos millonarios, cuando se quiere servir
al pueblo. Reformar la constitución de la República y cambiar el Reglamento del
Congreso. La elección de los congresistas debe ser en segunda vuelta. Limitar
la publicidad radial, televisiva, escrita, los paneles. Exigir que los
candidatos al Congreso tengan una agenda parlamentaria y en función de ello
fiscalizar su actuación. Prohibir la reelección inmediata de los congresistas. Pasar
la comisión de ética a un observatorio ciudadano, recordemos “otorongo no come
otorongo”.
Con justificada razón la calle
abiertamente grita: “Este Congreso no me representa”. Es que este está de
espaldas del pueblo peruano, que sufre las inclemencias de una economía que
crece solo para los de arriba, que el famoso “chorreo” sigue vigente. La
generación de empleo digno es una ilusión, que la impunidad consolida el reino
de la corrupción. La juventud honesta y trabajadora, debe surgir como el ave
Fénix en rescate de la patria grande y de los grandes sueños de un pueblo que
sufre, que llora pero que nunca se rinde.
