Apreciados jóvenes, tengan
siempre presente que la humildad es la clave para avanzar y triunfar, no crean
haber ganado y vivido todo, más aún cuando recién han empezado a dar la gran
batalla de la vida. Es por tanto necesario trabajar con ahínco para alcanzar la
excelencia, apoyándose en una profunda formación física, moral, intelectual,
espiritual y mental.
En ese sentido, nuestras acciones deben basarse en la ética
del carácter, la cual se sostiene en
principios fundamentales, como son: la integridad, justicia social, equidad,
dignidad humana y honestidad; los cuales
no deben ser ajenos a los peruanos,
puesto que somos herederos de
nuestra Trilogía Andina, que predica
honradez, laboriosidad y veracidad.
Es importante que busquemos
enseñanzas en grandes hombres y en mujeres sabias Por ello en esta oportunidad,
me permito recordarles el inmortal
mensaje que nos dejó nuestro hermano mayor Jorge Basadre.
“La primera cosa que tiene que
hacer toda auténtica juventud es aprender a no venderse. Nada más grave para el
futuro y para la salud moral de una nación que las asambleas de pusilánimes o
aprovechadores venales cuyo lenguaje común es tratarse mutuamente como
respetables. No sólo los políticos, sino muchos grandes médicos y grandes
abogados y profesores y aristócratas e intelectuales entran en esa lucrativa
confraternidad.
El deber fundamental de un joven, es el de la decencia substancial. Para construirla
y sostenerla, ningún material mejor que la indiferencia necesaria para que las
naturalezas subalternas importen poco.
Hay que aprender a decir que no en contra de uno mismo. Será el mejor
acto que se pueda realizar en un país enfermo de consentir. Si en el espíritu
de la nueva generación predomina la tendencia a decir que sí, hay que sospechar
que la decadencia colectiva es tremenda. Pero nada tan sencillo aparentemente y
tan difícil de hacer bien y tan delicado para realizar con rigor, nada tan arduo
que requiera tanto coraje como ser hombres de afirmación y no de mera negación.
Sobre las ruinas de lo que se
niega, hay que fundar lo positivo. La verdadera calidad de un espíritu depende
del modo como prolonga hacia adelante su pensamiento y su acción bien parado en
los pies propios, adherido con garras a las verdades sólidas y esenciales
contra todos los elementos contingentes de la existencia exterior, sin confiar
más que en el fruto de la dedicación de la vida a una labor clara y humana.
Quien no se sienta capaz de ser
religiosamente honrado en su soledad, se condenará fácilmente a la perdición y
por sonora que sea su creencia proclamada, por ruidosos que suenen los golpes
que se da al pecho, se entregará fácilmente a la individual rapiña y a todo lo
peor con tal de que le otorgue poder. Acuérdense siempre los jóvenes de eso y
busquen en torno suyo, a los que
desdeñan el grito público y hacen de su retiro o de su callada acción la sola
gloria capaz de interesarlos.
Desconfíen de los teóricos apurados
por hacer de su orgullo un imperio y de los que en su arsenal recóndito sólo
albergan como armas la calumnia, el insulto, la vejación. Es muy común que los
gestos ampulosos cubran un sistema de miserias. Lo que un hombre es en su
intimidad -esto es lo único que es.
Nada de lo anterior implica un
consejo de puro intelectualismo. Tan peligroso como otros puede ser el mito de
la cultura, llámese humanismo del Renacimiento, filosofismo del siglo XVIII,
adoración del siglo XIX por la ciencia. Hay esclavos de bienes corporales -el
dinero, el lujo, el predominio- como hay esclavos de bienes intelectuales -el
libro, la educación, la fama. Tanto en las limitaciones especializadas del
profesionalismo como en la frivolidad del diletantismo existe desde un ángulo
distinto, análogo condenable divorcio entre la Inteligencia y la Realidad
profunda.
Así como la ley fundamental de la
economía no es la acumulación sino la utilización de los valores materiales en
beneficio de las exigencias del hombre y de la civilización, también la ley
fundamental de la cultura no es la acumulación del saber sino su adaptación al
hombre para la realización completa de sus destinos.
El saber es como la riqueza.
Fecundo cuando está al servicio del hombre; peligroso cuando está al servicio
de sí mismo. De acuerdo con la jerarquía natural de los valores; no es el
número de escuelas, ni el número de libros ni la cantidad de escritores lo que
valoriza a un pueblo, sino la calidad de sus hombres y la naturaleza de su
cultura, la sabiduría del corazón. Es el corazón lo que está en el centro del
hombre total.” (Jorge Basadre).
A este preclaro mensaje, solo
puedo añadir: Actúen con coherencia, porque podrán engañar a todos pero no a su
conciencia.
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