Debemos ser críticos e implacables contra los actos de corrupción,
que causan la descomposición social en nuestra patria. La ciudadanía tiene el
derecho de invocarle al gobierno que ponga coto a la corrupción que lacera la
piel de nuestra Nación y hace sangrar el alma de nuestra patria, haciendo que
nuestro futuro se torne desesperanzador.
Nadie debería mantenerse al margen de lo que viene sucediendo. La
salud moral de la sociedad en su conjunto está en cuestión. Más allá de la
necesidad de condenar la perversión del aparato gubernamental, todos los
hombres y mujeres del país tenemos por delante la tarea de cultivar nuestra
alma con la práctica permanente de los valores, el respeto de las buenas
costumbres y el reconocimiento a las vidas ejemplares, sólo así podremos
convertirnos en referentes de una sociedad fundamentalmente joven, que tanto
necesita de buenos ejemplos para redimir el país.
En ese sentido, nuestras acciones deben basarse en la
ética del carácter, cuya construcción se basa en principios
fundamentales, tales como la integridad, justicia social, equidad, dignidad
humana y honestidad, por tan solo citar algunos… que por lo demás no son, ni
deben ser ajenos, a los peruanos, puesto que hemos heredado nuestra trilogía
andina que predica la honradez, la laboriosidad y la
veracidad.
En este camino, recordemos el inmortal mensaje que nos legó Jorge
Basadre: “La primera cosa que tiene que hacer toda auténtica juventud, es
aprender a no venderse. Nada más grave para el futuro y para la salud moral de
una nación que las asambleas de pusilánimes o aprovechadores venales cuyo
lenguaje común es tratarse mutuamente como respetables. No sólo los políticos,
sino muchos grandes médicos y grandes abogados y profesores y aristócratas e
intelectuales entran en esa lucrativa confraternidad”.
Volvamos los ojos
también a Séneca, quien recordaba al mundo “la brevedad de la vida”. En verdad
la vida es corta pero valiosa, los peruanos no podemos así continuar
autodestruyéndonos, permitiendo que las bajas pasiones nos gobiernen y que los
egoísmos y mezquindades orienten nuestras vidas. No olvidemos, “las personas
pasan, las instituciones quedan”; nuestra misión es trabajar con firmeza en el
noble propósito de consolidar nuestra nación.
Vivimos en el milenio de la verdad, en nuestro horizonte se
dibujan justificadas esperanzas de que la humanidad logre dejar atrás al
oscurantismo que por siglos la ha sometido, condenándola a la ignorancia,
conduciéndola por el camino del temor y la ignominia, alejándola por desgracia
del sendero del amor, único camino que conduce a los dominios de la verdadera
felicidad. Urge pues en estos momentos, convertirnos en los protagonistas de la
historia futura del Perú. Para
lograrlo, requerimos acceder a la sabiduría, colmar de amor a nuestros
corazones y de inteligencia a nuestra mente.
No olvidemos que
nuestros enemigos son la pobreza, el desempleo, el analfabetismo, el hambre, la
pobreza moral, el egoísmo, la corrupción, la mezquindad y el protervo
oportunismo. ¡Luchemos para que en nuestro país impere la justicia social!,
teniendo en cuenta que debemos desterrar y enfrentar a todo aquel que pretenda
saquear o incendiar nuestra patria, nuestra casa común. Así como es necesario desterrar de la función pública a personas de
escasa solvencia moral, también urge que desterremos de nosotros la
indiferencia por el manejo de la cosa pública. No olvidemos que millones de
peruanos sólo se preocupan de sus asuntos particulares, desatendiendo las
cuestiones de Estado, girando así un cheque en blanco a ciertos fascinerosos
que –con la etiqueta de políticos– manejan las arcas del Estado y socavan los
cimientos del futuro que hemos de legar a las generaciones venideras.
El camino para desterrar los hechos de corrupción se construye
promoviendo e incrementando la participación de la ciudadanía. El gobierno
tiene la obligación de hacer transparente la gestión pública, poniendo la
información al alcance de todos nuestros compatriotas. No quepa duda que hoy,
más que nunca, urge dignificar la política, que en su esencia es el arte de
servir y la capacidad de gobernar en pro de un presente y de un futuro
deseable, que pueda ser legado con honor a nuestros hijos.
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